Aina

Estoy sentado en un banco. Justo delante de mi tengo un portal de una vieja casa. Me saludan; no la vieja casa, ni el portal, ¡por dios! La mujer, la mujer me saluda. Perdón, no os he hablado de ella. Ella es distante, egoísta y siempre está de mal humor. Pero es cariñosa cuando tiene que serlo, decidida con lo que se propone y, a veces, hasta te da caramelos, si le has caído bien. Bueno, una vez que sabéis quién es ella, o, mejor dicho, cómo es ella, seguimos.

Estoy embobado, mirando a la nada. Esa nada esta en la misma dirección que María, que saluda desde el portal. Cuanto más tiempo agita la mano, más raro me mira. Tras unos segundos, hace un gesto con los hombros de “no entender nada” y se marcha. Y en ese momento me giro: ahí está, con su peculiar andar y su movimiento hipnotizador. No, no hablo de María, sino de ella, de Aina. María se vuelve y, tozuda ella, me increpa que le estoy mirando el culo. Yo, mirándole el culo a ella, cuando me importa más bien poco; yo, que ya sólo tengo ojos para ella, Aina.

Justo al decírselo, se pone más furiosa. No lo entiendo: no sé si es por celos o porque cree que le estoy tomando el pelo. “¿De quién coño hablas?”, me dice ella. ¿Es posible no tenga ni idea de la mujer más hermosa de la faz de la tierra? Se lo pregunto a Aina, que esta a su lado, y ella sólo me sonríe, haciéndome el hombre más feliz durante unos segundos. Y María que me dice que estoy loco. ¡Loco!… ¿Te puedes creer que justo ella me pregunta si estoy loco? La verdad, no le he dicho nada, por respeto, y también por no alargar este mal rato que estoy pasando, que ya van 20 minutos. Lo único bueno de este rato es Aina, que esta al lado en silencio. Me levanto y me voy a casa. A ver, que tengo hambre y es tarde, no voy a estar todo el día sentado viendo como Aina me sonríe: ya lo haré mañana.

Me despierto. Un día nuevo. Voy al banco de nuevo. Me quedo mirando al frente, al portal. Sale María y me fulmina con la mirada, pero no le hago caso. Ella entra en cólera y viene rápido hacia mí. Entonces… accidente.

María está en el suelo, inmóvil, sangrando. Al lado está Aina, de cuclillas, mirando su cuerpo inerte; levanta la cabeza y me sonríe. Yo no sé que hacer: estoy paralizado. Comienzo a gritar a Aina, a decirle que llame a una ambulancia, pero ella, la gilipollas de ella, sólo sabe sonreirme. “¡coño, haz el favor de llamar a una ambulancia de una puta vez!”, le digo. Oigo a una ambulancia a lo lejos y dos mujeres de unos 50 años se acercan y se interesan por mi estado. ¿Mi estado? ¡Yo estoy bien! ¡Es ella (señalo a Aina, que me sonríe) que sólo sonríe al lado del cuerpo de María!

Las mujeres miran extrañadas y sólo dicen una cosa: allí sólo hay una chica…

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