Os voy a contar algo…

Os voy a contar una historia. Tranquilos, esta historia no va de príncipes y princesas, de héroes y villanos, no, no. Esta historia cuenta algo más.

Érase una vez, o dos, un tipo con problemas para terminar lo que hacía. Las distracciones eran su peor enemigo. Un día decidió coger las riendas de su vida y se propuso estudiar guion. Hasta aquí todo bien. El pobre pensó que estudiar eso activaría el chip de la disciplina y la madurez. De la disciplina, no, y de la madurez, aún menos. Pero oye, que él seguía a lo suyo. Creyéndose que la perseverancia ganaría de goleada a la peligrosa procrastinación. Pero la cruda realidad era otra: se había enamorado de la procrastinación sin haberlo querido. Pasaban todos los días juntos, casi todas las horas que un día puede tener y más. ¿Cómo ahora iba a terminar lo que siempre empieza? Entonces vino, lo que se llama, la ayuda mágica: los objetivos.

Los objetivos no eran unos tipos fáciles de manejar. Los objetivos a veces te daban la mano para que los alcanzaras, pero otras veces se quedaban a lo lejos, mirando y sonriendo. Claro, y el chico se decía a sí mismo: ¡pero qué hijos de puta los objetivos! Un día, el chico se levantó de la cama. Llamaron al timbre. Nadie contestó pero el timbre seguía sonando. El chico abrió la puerta. El chico esperó en la puerta, como si fuera un guardián, y la verdad no sé por qué, a quien había llamado al timbre tantas veces. Pero nadie subía y el chico se empezó a poner de los nervios. ¿Quién coño llama al timbre tantas veces y luego no sube? Se asomó por la ventana y vio a un niño pequeño en la puerta de su casa. Le preguntó, gritando, si había visto a alguien llamar al timbre. El niño miró hacia arriba, sonrió y levantó lentamente el brazo, con el dedo índice apuntando hacia el telefonillo, y llamó. “Pero… ¡qué hijo de puta el niño!”, dijo el chico. Bajó rápidamente al portal y se encontró al niño sonriendo. El chico le echó la bronca, pero el niño seguía sonriendo, feliz. Entonces por la ventana se asomó la procrastinación, gritando que “subiera ya, que dejara de perder el tiempo con niños”. El chico miró hacia arriba y luego al niño, y lo entendió todo. El niño era uno de los objetivos de su vida. Ese niño estaba intentando que el chico despertara de aquella vida con la procrastinación, cogiera las riendas de su vida (de verdad)… …y alcanzara sus objetivos. El chico cogió de la mano al niño y se fueron a dar un paseo. Por el camino había un señor mayor en un banco. El señor mayor miró al chico y éste, casi sin pensarlo, se sentó a su lado. El niño miró a los dos y se fue corriendo y riendo. El señor mayor le dijo al chico que él era uno de sus primeros objetivos: vencer a la procrastinación. El chico no se lo terminaba de creer.

Durante varios días, el chico escribió cosas y las terminó. Se sentía mejor que nunca, y se fue encontrando a aquel niño en muchos sitios. Por ejemplo, se encontró al niño un día en su portal, otra vez. Le dijo que tenía que dejar de ser amigo de la vagancia y los malos hábitos. La vagancia y los malos hábitos eran unos “malotes de barrio” que habían sido amigos del chico desde niños. Bueno, volvamos al niño. El niño estaba en su portal y le dio la mano, otra vez, al chico. Y juntos se marcharon, CORRIENDO. Mientras corría, se unió a él un chico atlético y muy afable. Se presentó: “¡Hola! Soy el ejercicio físico diario”. Durante muchos años, el chico se hizo muy amigo del niño. Fue uno de sus mayores apoyos.

Un día, el chico se dio cuenta de algo: que cuando necesitara su apoyo, se presentaría en el portal, sonriendo y timbrando sin parar.

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